De pequeño tuve la suerte de pasar todos los veranos en la playa de Torre del Mar, que por aquellos tiempos aún era un pueblo bastante tranquilo. Allí tuve la suerte de tener mi primer contacto con el mar, con ese Mediterráneo que aún era un mar vivo.
Cada mañana, al llegar a la playa, siempre dábamos un paseo por la orilla viendo todas las maravillas que las olas habían traído durante la noche: gran cantidad de algas de diversos tipos: algas coralináceas, sargazos flotantes, Ulva lactuca con sus hojas tan parecidas a la lechuga, y sobre todo hojas de Posidonia oceanica (que no es un alga sino una planta con flores y semillas). Entre esta maraña de restos vegetales que alfombraba el rompeolas se podían encontrar distintas especies de cangrejos y muchos pequeños crustáceos que se alimentaban de ellos y que saltaban cuando los molestabas. Pero los verdaderos tesoros eran los animales más grandes que aparecían aquí y allá: estrellas de mar rojas y amarillas, erizos, ofiuras con sus tentáculos flexibles ondulados, pepinos de mar, las elegantes bailarinas del género Aplysia, pececillos diversos y mis favoritos, los preciosos caballitos de mar. En esos paseos aprendí a distinguir los huevos de las sepias y los huevos de esos pequeños tiburones, las pintarrojas, además de decenas de pequeñas conchas de moluscos.
Cuando me metía a bucear cerca de la orilla en el agua cristalina había cientos de peces: herreras, sargos, lisas, salpas, salmonetes, lenguados, arañas y grandes bancos de pequeños pececillos minúsculos casi transparentes, que eran los alevines de sardinas, boquerones, jureles, caballas… todas las especies que ponían sus huevos en esa pradera de Posidonia que vio pasar sobre ella los barcos de griegos, fenicios, cartagineses, romanos, árabes y cristianos en un período de tiempo que, a escala temporal de la Posidonia es sólo un ratito.
Y cada mañana temprano, al amanecer, un grupo de pescadores echaban “el copo”, una larga red que se extendía desde la playa hacia mar adentro y luego se recogía a mano, arrastrándola por el fondo. Esta red era extremadamente tupida y capturaba absolutamente todos los pequeños peces, además de ir arrancando la Posidonia en su avance. Todos esos alevines los vendían luego en cubos (los famosos y deliciosos “Chanquetes”) con total impunidad en el mismo centro del pueblo, ante la absoluta indiferencia de la Guardia Civil. Miles de kilos de peces en un pequeño cubo…
Ya más tarde pasaban frente a la playa barcos de arrastre, en ocasiones muy cerca de la orilla, pasando sus pesadas redes sobre la pradera de Posidonia, arrasando en segundos lo que había tardado centenares de años en crecer. La pesca de arrastre en un sitio así es muy absurda y destructiva: imaginaos que para capturar ardillas metiéramos un bulldozer en un bosque que fuera tirando y arrancando todos los árboles. Después de dejar un camino de destrucción de 1 kilómetro de largo por 6 metros de ancho podríamos buscar entre las copas de los árboles caídos y recoger la docena de ardillas que encontraríamos. Las vendemos en el mercado y mañana volvemos a destruir otra franja y así hasta que se acaba el bosque… la única diferencia es que bajo el agua no lo vemos.
Con el paso del tiempo, en un período de unos 5 años, cada vez había menos algas y menos “tesoros” en la orilla por la mañana. Los pescadores echaban el copo y salía casi vacío, sólo con un puñado de chanquetes que les daba lo justo para malvivir. Cuando me metía a bucear sólo se veía arena en un agua más turbia porque no había vegetación que sujetara el sedimento fino frente al movimiento de las olas y sólo se veían algunos peces esporádicos. Después de eso dejé de disfrutar de la playa y finalmente dejé de ir a Torre del Mar.
Ahora, 30 años después de aquellos primeros paseos, he vuelto a Torre del Mar. En la orilla no había ni rastro de algas ni de la prodigiosa Posidonia, sólo arena y piedras. Lo que antes eran cangrejos, estrellas de mar y erizos ahora eran palitos de chupachup, colillas, cáscaras de pipas y trozos de corcho blanco. Nada vivo excepto una gran cantidad de medusas varadas por las olas. En la arena de la playa se concentraban miles y miles de personas que se bañaban en una mezcla de protección solar, agua sucia y barro, indiferentes a lo que fue ese lugar e incluso satisfechas de no encontrar las molestas algas que “ensucian” la orilla. Personas en su mayoría desconectadas completamente del medio natural y que desprecian lo que les mantiene vivos…
En los chiringuitos se siguen sirviendo cientos de kilos de pescado frito cada día, calamares de la India, boquerones de Mauritania y Marruecos, rosada de Argentina, almejas de piscifactorías italianas, todo para mantener la ilusión de que el mar está ahí y está vivo, para mantener el recuerdo de que Torre del Mar era un pueblo de pescadores que tenía un tesoro. Pero casi nadie de los que se sientan a comer lo saben y a casi ninguno le importa. No creo que vuelva a Torre del Mar, para mí fue como ir al museo del Prado y encontrar las salas vacías sin un solo cuadro colgado. No hay motivo para regresar a un lugar que ya no existe, a un pasado feliz del que solo queda la nostalgia, la pérdida y la impotencia.
Ahora, mientras se reduce el número de turistas que vienen a la Costa del Sol y las restricciones de agua empiezan a ser frecuentes, mientras los estudios dicen que las construcciones del entorno del Mar Menor se han devaluado en 4500 millones de euros por culpa de la degradación ambiental, todavía veo debates en los que se plantea la dicotomía entre economía y ecología, como si fueran cosas diferentes. Veo el mismo cortoplacismo, la misma ambición y la misma estupidez en nuestros políticos y la misma indiferencia en la sociedad anestesiada.
Una vuelta a un Medio Ambiente mejor y unas políticas de restauración ecológica que todavía son posibles, construirían un futuro mejor desde el punto de vista ambiental y económico, es más, construirían el único futuro posible. La restauración de la pradera de Posidonia sería un activo que mantendría vivo (en todos los aspectos) a Torre del Mar y a su economía. Ya es hora de despertar de nuestra apatía y empezar a ser agentes del cambio. No hay segunda oportunidad. Ya es hora de que las personas sensatas levantemos la voz.
Un abrazo desde tierra adentro